sábado, 18 de octubre de 2014

Rock-hewn churches in Tigrai

  
 

 
 
  

 
 

 
 
 
 
Acceder a Maryam Korkor, Abuna Yemata Guh, Yohannis Maikudi, Mikael Debre Selam, o a cualquiera otra de las iglesias que visité al este de Tigrai, me acercó mucho más a la búsqueda del tesoro de los libros de aventuras que a una amable visita al uso a cualquier lugar de culto.
 
Excavadas en piedra, enclavadas en lo alto de paredones de granito, escondidas como nidos de águila, e inaccesibles para cualquier mortal sin la testarudez o la osadía de llegar hasta ellas, las iglesias de Tigrai se erigen orgullosas e inmutables al paso del tiempo.
 
Totalmente desconocidas hasta 1966, en la actualidad apenas 20 o 30 están catalogadas y abiertas al público, mientras que la mayoría permanecen ocultas e inaccesibles, cumpliendo perfectamente el objetivo de quién precisamente quiso hacerlas inexpugnables, sellarlas al paso del tiempo, evitar que incursiones de "infieles" de otros pueblos procedentes de Somalia o Djibouti las destruyeran en una de sus innumerables razias a este territorio frontera. 
 
Planificar una sola visita requiere en muchos casos leer mapas aproximados pintados a lápiz, recorrer kilómetros de pistas recónditas y retorcidas como serpientes, y finalmente encontrar al monje que tiene la llave, que puede vivir al lado, a varios kilómetros, o que puede estar visitando a un pariente en la aldea vecina, pues el hecho de que algunos "faranjis" estén tan locos como para subir andando desde la pista y luego escalar los últimos metros entre pináculos de roca bajo el implacable sol de Mayo no es su problema.
 
De cualquier forma, la recompensa de llegar, atravesar la estrechísima puerta de roca, acceder a un lugar en muchos casos exacto al que debió ser hace mil años, acariciar con la mirada los tonos ocre, apenas magullados, de los frescos de sus paredes interiores, los motivos paganos, plantas y animales, haciéndote un guiño desde el otro lado, es una guinda más que perfecta a esa escalada última, a ese estrecho pasillo que lleva a la puerta, a ese cuerpo a cuerpo con el vértigo ante el increíble patio bajo tus pies descalzos.
 
Al salir de Abu Yemata Guh, en la región de Gheralta, la última de las doce iglesias a las que pude acceder en Tigrai, el atardecer me sorprendió  tiñendo  de  luz  esos muros de piedra, haciéndome sentir algo parecido a lo que los dioses deben experimentar al estar en total armonía con el universo, pues precisamente al no necesitar entender nada, entienden todo.
 

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