La Petra de África, Patrimonio de la Humanidad, lugar de peregrinación durante navidades y Pascua, nada de lo que leí en las mejores guías, nada de lo que me contaron, ni siquiera las crónicas de Kapucinsky en su venerado Ébano me prepararon para lo que me esperaba al entrar en el recinto que comprende las diferentes iglesias excavadas en roca de Lalibela.
Era domingo de ramos, y para mi deleite, cientos de fieles vestidos de blanco entraban a través de los grandes pórticos y deambulaban por los diminutos túneles hacia las diferentes iglesias, ataviados como seguramente lo hicieron sus antepasados hace mil o dos mil años.
Esa magia de entrar en una cápsula del tiempo me atrapó desde el principio, intensificada por las precisas y cuidadosas explicaciones del guía, a las que trataba de escuchar mientras mi alma escalaba esas paredes de roca, intentando aprehender el significado, la dimensión de ese trabajo hercúleo de cientos de manos, cincelando la roca, una especie de milagro que los etíopes solo consiguen explicarse atribuyéndolo a fuerzas divinas sobrenaturales.
Mientras daba la vuelta a la planta de cruz de San Giorgis, o admiraraba fascinada la fachada de una Baite Libanos semimonolítica y hechizante, el guía tiraba de mí asegurándome que aún nos quedaba muchas que ver en el cluster sur, y yo como niña refunfuñada sólo tras gran resistencia consentía en separar mis ojos de semejante deleite.
Salí borracha de belleza de Lalibela, pensando aquello de que lo grandioso, lo que nos trasciende, llena nuestro espíritu hasta tal punto que todo lo demás se vuelve superfluo.
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