domingo, 15 de febrero de 2015

Lake Hayck















Uno de mis grandes descubrimientos al poco de llegar a Etiopía, fue el lago Hayck, a unos 30 km de Dessie, en plena franja del Rif,  y su increíble entorno natural y paisajístico. Aves migratorias en su camino hacia el Este de África durante el invierno austral paran obligatoriamente en Hayck en la única escala posible hasta los siguientes lagos del Rif, Langano, Abeya y Chamo, a más de 500 kms hacia el sur de Etiopía.

Pelícanos, martín pescadores, garzas, espátulas, milanos, e incluso la imponente águila pescadora africana, con su penacho blanco al viento, van apareciendo a lo largo de los meses, siguiendo ritmos migratorios peremnes, en una especie de melodía coral, multicolor y fantástica.

En la península situada al extremo oeste del lago, se alza imponente el monasterio ortodoxo Debre Stefanos. Sus monjes se dedican a llevar en barca a los pescadores de las diferentes aldeas que motean las orillas del lago, creándose un curioso intercambio entre los primeros, que se ganan de esta forma la vida, y los segundos, que no tienen ningún otro medio de transporte para salir de sus aldeas.

Los monjes “conductores” de la barca, Gebrie y Mikael, joviales, abiertos y amables, reciben siempre mi llegada con una alegría que me conmueve. Me desplazo con ellos a través del lago por las aldeas donde suben “pasajeros” con todo tipo de utensilios, materiales y enseres que han adquirido o que quieren vender en otro lugar. Pescadores con decenas de enormes tilapias, vendedores de leña con sus enormes hatillos, mujeres increíblemente ataviadas regresando de una boda, o jóvenes modernos chequeando sus smartphones totalmente ajenos a la belleza que les rodea.

Tras más de 12 meses de continuas visitas a Hayck he descubierto caminos fantásticos entre las aldeas de alrededor del lago, plagados de papayeros, naranjos, aguacateros, maíz, sorgo, qat o caña de azúcar, en una suerte de jardín del Edén exuberante y fecundo.

Por supuesto, poco tiempo me pude resistir a nadar en las frescas aguas del lago, a pesar de su profundidad y el misticismo que encierran, o precisamente como consecuencia de ello. Cada inmersión me unió con la inmensidad y la belleza que me rodeaba, y me reconcilió con cualquier reto afrontado esa semana, devolviéndome fresca, renovada, nueva, al siguiente listón que me depararía la vida en este lugar.

En una de mis últimas visitas a Hayck, un pescador se afanaba preparando para venderme una ristra de pequeños peces, ensartados en hilo de nylon. En el preciso momento en que alargó su mano hacia mí, un milano real, velocísimo y fugaz, le arrebató en vuelo rasante el hilo de nylon con todos los peces ensartados en él, escapando hacia las nubes de la tarde con ellos entre sus garras. El pescador, maldiciendo, me pidió que se los pagase, pues no era su culpa que se los hubiese robado un milano. Le respondí que tampoco la mía y que en todo caso debíamos compartir a medias esa contingencia. No pareció muy contento con la respuesta, acostumbrado a la billetera fácil de los faranjis, pero a mí la sonrisa por la audacia y la picaresca del milano me acompañó todo el camino de vuelta a Dessie.


sábado, 18 de octubre de 2014

Rock-hewn churches in Tigrai

  
 

 
 
  

 
 

 
 
 
 
Acceder a Maryam Korkor, Abuna Yemata Guh, Yohannis Maikudi, Mikael Debre Selam, o a cualquiera otra de las iglesias que visité al este de Tigrai, me acercó mucho más a la búsqueda del tesoro de los libros de aventuras que a una amable visita al uso a cualquier lugar de culto.
 
Excavadas en piedra, enclavadas en lo alto de paredones de granito, escondidas como nidos de águila, e inaccesibles para cualquier mortal sin la testarudez o la osadía de llegar hasta ellas, las iglesias de Tigrai se erigen orgullosas e inmutables al paso del tiempo.
 
Totalmente desconocidas hasta 1966, en la actualidad apenas 20 o 30 están catalogadas y abiertas al público, mientras que la mayoría permanecen ocultas e inaccesibles, cumpliendo perfectamente el objetivo de quién precisamente quiso hacerlas inexpugnables, sellarlas al paso del tiempo, evitar que incursiones de "infieles" de otros pueblos procedentes de Somalia o Djibouti las destruyeran en una de sus innumerables razias a este territorio frontera. 
 
Planificar una sola visita requiere en muchos casos leer mapas aproximados pintados a lápiz, recorrer kilómetros de pistas recónditas y retorcidas como serpientes, y finalmente encontrar al monje que tiene la llave, que puede vivir al lado, a varios kilómetros, o que puede estar visitando a un pariente en la aldea vecina, pues el hecho de que algunos "faranjis" estén tan locos como para subir andando desde la pista y luego escalar los últimos metros entre pináculos de roca bajo el implacable sol de Mayo no es su problema.
 
De cualquier forma, la recompensa de llegar, atravesar la estrechísima puerta de roca, acceder a un lugar en muchos casos exacto al que debió ser hace mil años, acariciar con la mirada los tonos ocre, apenas magullados, de los frescos de sus paredes interiores, los motivos paganos, plantas y animales, haciéndote un guiño desde el otro lado, es una guinda más que perfecta a esa escalada última, a ese estrecho pasillo que lleva a la puerta, a ese cuerpo a cuerpo con el vértigo ante el increíble patio bajo tus pies descalzos.
 
Al salir de Abu Yemata Guh, en la región de Gheralta, la última de las doce iglesias a las que pude acceder en Tigrai, el atardecer me sorprendió  tiñendo  de  luz  esos muros de piedra, haciéndome sentir algo parecido a lo que los dioses deben experimentar al estar en total armonía con el universo, pues precisamente al no necesitar entender nada, entienden todo.
 

domingo, 5 de octubre de 2014

Luz en Lalibela













 
La Petra de África, Patrimonio de la Humanidad, lugar de peregrinación durante navidades y Pascua, nada de lo que leí en las mejores guías, nada de lo que me contaron, ni siquiera las crónicas de Kapucinsky en su venerado Ébano me prepararon para lo que me esperaba al entrar en el recinto que comprende las diferentes iglesias excavadas en roca de Lalibela.
 
Era domingo de ramos, y para mi deleite, cientos de fieles vestidos de blanco entraban a través de los grandes pórticos y deambulaban por los diminutos túneles hacia las diferentes iglesias, ataviados como seguramente lo hicieron sus antepasados hace mil o dos mil años.
 
Esa magia de entrar en una cápsula del tiempo me atrapó desde el principio, intensificada por las precisas y cuidadosas explicaciones del guía, a las que trataba de escuchar mientras mi alma escalaba esas paredes de roca, intentando aprehender el significado, la dimensión de ese trabajo hercúleo de cientos de manos, cincelando la roca, una especie de milagro que los etíopes solo consiguen explicarse atribuyéndolo a fuerzas divinas sobrenaturales.
 
Mientras daba la vuelta a la planta de cruz  de San Giorgis, o admiraraba fascinada la fachada de una Baite Libanos semimonolítica y hechizante, el guía tiraba de mí asegurándome que aún nos quedaba muchas que ver en el cluster sur, y yo como niña refunfuñada sólo tras gran resistencia consentía en separar mis ojos de semejante deleite.
 
Salí borracha de belleza de Lalibela, pensando aquello de que  lo grandioso,  lo que nos trasciende, llena nuestro espíritu hasta tal punto que todo lo demás se vuelve superfluo.