Uno de mis grandes descubrimientos al poco de llegar a
Etiopía, fue el lago Hayck, a unos 30
km de Dessie, en plena franja del
Rif, y su increíble entorno
natural y paisajístico. Aves migratorias en su camino hacia el Este de África
durante el invierno austral paran obligatoriamente en Hayck en la única escala
posible hasta los siguientes lagos del Rif, Langano, Abeya y Chamo, a más de
500 kms hacia el sur de Etiopía.
Pelícanos, martín
pescadores, garzas, espátulas, milanos, e incluso la imponente águila pescadora
africana, con su penacho blanco al viento, van apareciendo a lo largo de los
meses, siguiendo ritmos migratorios peremnes, en una especie de melodía coral,
multicolor y fantástica.
En la península situada
al extremo oeste del lago, se alza imponente el monasterio ortodoxo Debre
Stefanos. Sus monjes se dedican a llevar en barca a los pescadores de las
diferentes aldeas que motean las orillas del lago, creándose un curioso intercambio entre
los primeros, que se ganan de esta forma la vida, y los segundos, que no tienen
ningún otro medio de transporte para salir de sus aldeas.
Los monjes “conductores”
de la barca, Gebrie y Mikael, joviales, abiertos y amables, reciben siempre mi
llegada con una alegría que me conmueve. Me desplazo con ellos a través del
lago por las aldeas donde suben “pasajeros” con todo tipo de utensilios,
materiales y enseres que han adquirido o que quieren vender en otro lugar.
Pescadores con decenas de enormes tilapias, vendedores de leña con sus enormes
hatillos, mujeres increíblemente ataviadas regresando de una boda, o jóvenes
modernos chequeando sus smartphones totalmente ajenos a la belleza que les
rodea.
Tras más de 12 meses de
continuas visitas a Hayck he descubierto caminos fantásticos entre las aldeas
de alrededor del lago, plagados de papayeros, naranjos, aguacateros, maíz,
sorgo, qat o caña de azúcar, en una suerte de jardín del Edén exuberante y
fecundo.
Por supuesto, poco
tiempo me pude resistir a nadar en las frescas aguas del lago, a pesar de su
profundidad y el misticismo que encierran, o precisamente como consecuencia de
ello. Cada inmersión me unió con la inmensidad y la belleza que me rodeaba, y
me reconcilió con cualquier reto afrontado esa semana, devolviéndome fresca,
renovada, nueva, al siguiente listón que me depararía la vida en este lugar.
En una de mis últimas
visitas a Hayck, un pescador se afanaba preparando para venderme una ristra de
pequeños peces, ensartados en hilo de nylon. En el preciso momento en que
alargó su mano hacia mí, un milano real, velocísimo y fugaz, le arrebató en
vuelo rasante el hilo de nylon con todos los peces ensartados en él, escapando
hacia las nubes de la tarde con ellos entre sus garras. El pescador,
maldiciendo, me pidió que se los pagase, pues no era su culpa que se los
hubiese robado un milano. Le respondí que tampoco la mía y que en todo caso
debíamos compartir a medias esa contingencia. No pareció muy contento con la
respuesta, acostumbrado a la billetera fácil de los faranjis, pero a mí la
sonrisa por la audacia y la picaresca del milano me acompañó todo el camino de
vuelta a Dessie.



